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Fundación

10 abril 2011

Entre los patronos figuraría el presidente del país, el magnate de los petroleros y el decano de los escritores de best-sellers. El resto de miembros ya se consensuarían posteriormente.

Cuando todavía estaba caliente el cadáver del marido, Reina Ungría de Broto reunió a la legión de abogados y asesores de su esposo:

– Creo, señora Broto, que la mejor manera de mantener el patrimonio familiar alejado de los fisgones es constituir una fundación -le adelantó al cabo de un rato de reunión el más sensato de todos los presentes-. Usted deberá dirigirla, si desea que en el futuro  se venere la figura de su difunto esposo.

– Lo pensaré –replicó la señora, maquillada de color pálido para la ocasión del entierro-.

No se lo pensó dos veces. Yendo al cementerio, Reina Ungría de Broto habló con el presidente del gobierno y le invitó a formar parte de la fundación:

– Cuente con ello, señora Broto –le tranquilizó-. Su esposo fue siempre un gran amigo mío y me apoyó en todo momento.

– Gracias, presidente, no sabe como me reconforta su apoyo en estos momentos.

Se agarró al brazo del magnate de los petroleros, primero y luego hizo lo propio con el decano de los escritores de best-sellers. Ambos transmitieron a Reina Ungría de Broto el honor de participar en ese empeño. No permitió que formara parte del patronato ningún miembro de la familia de su difunto esposo. Ni las dos ex- esposas. Ni los cuatro hijos habidos de los dos matrimonios anteriores. Ni quienes habían criticado su boda por la diferencia de edad respecto a su marido. Ni los que no la adulaban constantemente.

Maniobró el legado a su favor. Movió los fondos  como le plugo. Los que no permanecieron en la fundación acabaron en paraísos fiscales evadiendo los fuertes controles existentes. Aunque fue criticada por casi todos, nadie pudo seguir el rastro del dinero. Sus abogados eran los más caros.

Pugnó por la presidencia de la Asociación Mundial de Fundaciones. Formó un frente común con un médico chino que pretendía blanquear sus negocios farmacéuticos. Con un ex -alto cargo gubernamental de un país bananero que aprovechando sus años en la administración recibía  fondos públicos que derivaba a actividades lucrativas. Con un maltratador convicto, que se enriquecía en las tertulias televisivas. Con el ex- presidente de un club deportivo que fue echado por corrupto. Y con gente de esta ralea.

Reina Ungría de Broto no alcanzó la presidencia de la Asociación Mundial de Fundaciones. A pesar de organizar una campaña de insultos. A pesar de llevar a la otra candidatura a los tribunales con insidias, insultos y mentiras urdidas por gabinetes de comunicación y lobbys secretos.

Tras aquel episodio, la ONU  solicitó a todos los países que modificaran su legislación para impedir que accedieran a constituir fundaciones personajes como Reina Ungría de Broto.

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En los castillos romanos

3 abril 2011

Cuando me hicieron el encargo, estuve a punto de declinar. Nunca me he echado atrás, pero no deseaba asumir el compromiso porque mi cliente era bicéfalo,  tricéfalo o incluso todo a la vez. A veces, una cosa, a veces, otra o la contraria. Y lo peor es que últimamente la empresa era reinos de taifa, nacionales, por áreas de negocio o incluso, por departamentos. Ahora bien, tan pronto acepté el encargo, supe que el encuentro se llevaría a cabo en los castillos romanos, en la zona de Frascali, a escasos kilómetros de Roma, en una zona encantadora, relajada.  Allí me llevaba los cometidos imposibles. El paraje siempre resultó determinante de la tarea encomendada.

Elegí Villa Vechia. Reservé las diez habitaciones  del altillo superior del viejo palacio del XVI, reconvertido en hotel de encanto, en plena campiña. Las viñas, el Observatorio con cuatro mesas celestiales de Kirker, del 1616, el paisaje verde intenso en aquel otoño lluvioso no sé si iban a significar atractivos para el relax después de las reuniones y charlas, pero el ambiente, la historia de cardenales y papas, sus salitas recoletas, el comedor instalado en las antiguas caballerizas y las terrazas eran el marco adecuado para lo imposible.

Pernoctaríamos en Villa Vechia. Nos relajaríamos allí. Pero las reuniones las realizaríamos en Villa Mondragone, un palacio mucho mayor, a un kilómetro escaso de Villa Vechia, donde el Papa Gregorio XIII Bocompagni proclamó el Calendario Gregoriano en 1613. Había pedido aquella sala histórica y la  utilicé.

El problema a abordar era gordo. Los miembros del consejo mundial no se entendían entre sí. Eran ocho y cada uno tiraba por su cuenta y quería salvar la compañía a su manera. El primer día lo programé entero en Villa Vechia. Los había reunido de dos en dos, cambiando de pareja cada media hora y yo saltando de grupo en grupo explorando los lugares más bellos del palacio. Utilicé intensamente la habitación sobrante del altillo congregándolos en ella cada poco para jugar a juegos chinos que relajan del todo. Perdí el tiempo. La tarde y el día siguiente fueron peor que el primer día. No conseguimos ponernos de acuerdo en ninguno de los cinco puntos siguientes: 1) los dos principales objetivos estratégicos de la compañía para el quinquenio; 2) el futuro del negocio en Estados Unidos, vender o fusionar un par de compañías; 3) desembarcar en China mediante una estrategia depurada y consensuada desde hace meses; 4) definir la segunda línea ejecutiva de mando justo debajo de los ocho, estrecha o alargada; y 5) tomar una decisión sobre dos proyectos de remozamiento de la marca que habían sido seleccionados tiempo ha tras un concurso al que se presentaron los mejores diseñadores europeos. Eran temas importantes los cinco puntos, pero ese no era el problema. La dificultad radicaba en que los ocho no querían entenderse. Habían paralizado la toma de decisiones. Habían paralizado la empresa. El origen de la parálisis no era concreto. Era la suma de muchos malos entendidos, malicias, personalismos, flaquezas humanas. Si hubiera habido un jefe por encima de ellos, la cuestión se habría resuelto en diez minutos. Pero ellos eran los jefes y sus equipos, activos  militantes de las escaramuzas.

Estaba desolada. Intenté varios juegos de rol adaptados a la edad promedio de los ocho. Dejó de llover y salimos por la tarde a dar una vuelta por el campo.  Se apelotonaron en torno a mi solo para evitarse entre ellos.

Quedaba el tercer día. Hice preparar el almuerzo en Villa Mondragone. Inmediatamente después los congregué en la sala donde se proclamó el Calendario Gregoriano. Les  dije que acababa de recibir una información de mi oficina de Milán. Un grupo financiero estaba comprando paquetes de acciones de su compañía. El primer movimiento fue abalanzarse sobre sus móviles, pero entre las reglas fijadas estaba prohibido el uso de estos artilugios parlantes en las reuniones y los habíamos dejado en el hotel.  El segundo movimiento fue pedir uno estable: en Villa Mondragone no había teléfono estable disponible. Y el tercero fue correr hacia la puerta de la villa: por seguridad había hecho bloquear la entrada y hasta dentro de dos horas no regresaría a abrirla el bedel.

No había nada que hacer. La amenaza pendía sobre sus cabezas. Estaban completamente aislados. Había dos horas de tiempo para todo y para nada. Entonces, sólo entonces, amenazados por un enemigo exterior, aislados y sin nada que hacer, fueron capaces de entenderse y consensuar los cinco puntos básicos, labor para la que me habían contratado.

Regresamos a Villa Vechia. En cada móvil leyeron un mensaje mío. “Ningún tiburón atenta contra tu empresa. Tú, solamente tú, podrías ser tu propio tiburón”.

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Agricultor y libro

27 marzo 2011

“Muy distinguido y admirado señor:

El que suscribe es agricultor, que, en el campo y durante las labores propias, a través de un pequeño transistor, son muchas las tardes que sigo, con atención, su interesante programa. Me ha sido imposible comunicarme con usted, pues desde el campo no dispongo de teléfono. Permítame, pues, que por medio de estas letras, le felicite muy cordialmente y si pueden serle un estímulo que lo sean.

El viernes pasado, día de mi santo patrón y fiesta del libro, usted obsequió a varias personas, que le llamaron por teléfono, con su libro “La Jungla Comunicativa”. Supongo que debe ser interesante y me gustaría tenerlo. Si le queda algún ejemplar me haría mucha ilusión que se tomara la molestia de enviármelo. Disfruto leyendo y especialmente temas económicos de los que usted es un buen maestro. Si puede ser, bien; si no, ¡alabado sea Dios!.

Le adjunto un sello de correos para los gastos ocasionados por el envío y muchas gracias.

Le saluda muy atentamente su admirador i s.s. q.e.s.m.

Firma Jordi P.P.

(La carta está fechada en San Boi de Llobregat el 25 abril de 1993 y enmarcada en el despacho del receptor de la misiva).

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La palabra

20 marzo 2011

Frente a la palabra, los subterfugios, el doble sentido, los diálogos a medias, las mentiras, las injurias, los gritos, las operaciones mediáticas, el silencio. La frontera resulta difícil de deslindar, pero entre la primera y el resto existe un abismo.

-Entre “caballeros”, la palabra siempre ha sido definitiva.

– ¿Por qué lo digo en pasado y en masculino?, me pregunto-. Porque me da miedo pronunciar la frase en presente, “la palabra siempre es definitiva” y porque la caballerosidad debería ser neutra en español.

Enciendo la televisión y sigo los medios de comunicación en general. Me proyectan la devaluación de la palabra del showbiz, del deporte, de los primeros. Pero también de la economía, de la política, de la sociedad, de la investigación… Muchos hablan y amagan o amagan hablando; quedan en eso y querían decir aquello, te dan un precio y “lo siento, pero las condiciones del mercado han variado”.

Todo es relativo en este entorno cambiante, en el que hasta el concepto “guerra” pretenden muchos que tenga varias acepciones. Todo resulta relativo, menos la ética ante las cosas; todo, menos el mantenimiento de una conducta constante. Esta línea de actuación conduce a la credibilidad de la persona, de la empresa. La palabra no es más que la piedra maestra de todo este edificio.

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Por Sevilla corre un rumor

13 marzo 2011

¿Qué aporto yo en este campo de la economía?- se preguntaba el periodista al final de esta tanda de la quinta hora-. ¿Cuál es mi papel real? El resto de mis compañeros de mesa pueden estar satisfechos de sus roles bien definidos y sin embargo muchas veces me pregunto cuál es el que yo desempeño. El periodismo es una parte indispensable de la sociedad y del mercado. Sin la transparencia, no funciona nada. Sin el debate, tampoco. Pero, ¿qué transparencia, qué debate  aporto? No lo sé. Selecciono temas, introduzco ideas, muestro experiencias. Es evidente que si no resultaran interesantes para el público, mi empresa no me aguantaría ni un minuto más en antena; pero no es menos cierto que si tengo audiencia pero no llega la publicidad, tampoco me contratarían ¿Dónde está el punto de equilibrio entre una función y otra? Olvidaba un detalle trascendental, desde que adquirí la madurez profesional, he sintonizado con los empresarios que me han contratado: sostengo ideas más o menos afines a ellos. ¿Significaría esto que escribo o hablo siempre al dictado de alguien? Algo así como que en esencia no haces más que vender tu conocimiento, tu imagen y tu instinto de supervivencia a tu empresario, a los anunciantes y a las audiencias a partes proporcionales. ¿Digna profesión la mía?

Por Sevilla corre un rumor

Por Sevilla corre un rumor. Los taxis van a ser pintados de color rojo. Los taxistas béticos, airados, se manifiestan esta mañana de viernes azahar por las calles en señal de protesta. Los sevillistas, más airados todavía, lo hacen en la otra punta de la ciudad,

Al extranjero que acaba de bajar del tren en la estación de Santa Justa se lo cuentan. Asiente, bien, bien, como si no fuera con él y sonríe por debajo de la nariz. Él sabe que el rumor es completamente falso, pero los taxistas béticos y los sevillistas esta mañana de viernes azahar se manifiestan durante todo el día contra la medida. La limousine que le recoge en la estación de Santa Justa acelera y se encamina rauda hacia el ayuntamiento. Hoy es la fecha límite para renovar las licencias de taxis, pero los taxistas están de manifestación. Un minuto antes del cierre de las ventanillas de las licencias, él las retira todas. El mismo coche que le recogió en la estación de Santa Justa le devuelve al lugar de origen. Toma el ave de regreso.

Dos años después de haberse propagado aquel rumor que el extranjero sabía que no era cierto, los taxis de la ciudad siguen con la franja verde de siempre. Los sevillanos hace tiempo que se han olvidado del incidente.

El extranjero, propietario de toda la flota de taxis de la ciudad, los conduce todos de día. Al atardecer, reparte lo ganado entre los pobres. A partir de las dos de la madrugada, sube por la muralla hasta cerca de la Giralda, tuerce hacia la plaza de Doña Elvira y abre el portón del Montepío de Taxistas. En el casino están los jugadores profesionales, los pobres taxistas que hace dos años se quedaron sin trabajo por no haber llegado a tiempo de renovar las licencias.

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Barcos petroleros

6 marzo 2011

Trabajo en la nave de un polígono industrial en la zona franca de Rotterdam. Me ha llamado mi madre para decirme que en la ciudad llueve constantemente. Yo aquí no lo noto. Ni frío, ni calor, ni lluvia. Duermo en un camastro encima de un colchón sin sabanas. Más que dormir, me tumbo a ratos pues no tengo tiempos que perder. Un día a la semana salgo a hacer la compra, lleno la nevera y estiro las piernas por el viejo puerto, que me hace soñar en viajes en cargueros maravillosos. Llevo aquí varios años y es el mejor trabajo de mi vida. Vivo solo y soy feliz

La nave es un loft de mil metros. La sala de mandos la ocupa casi al completo; apenas treinta metros han sido reservados para la habitación, el baño, la cocina, una salita de estar y una terracita para los bidones vacíos, las bombonas de butano, los trastos, cuya puerta nunca he abierto. 

– Atiendo a treinta pantallas de ordenador. Un GPS y un satélite me conectan con todos los barcos de la flota petrolífera mundial. Hay que tenerlos constantemente ubicados naveguen por donde naveguen, estén varados donde estén varados, tengan o no tengan algún accidente, lancen señales sos o salten por los aires. La pérdida de contacto, aunque sea por una milésima de segundo, reporta pérdidas de millones de dólares a mi compañía; lo contrario es lo contrario.

Los cargueros de doble o triple casco inician su recorrido en los pipelines de Siberia, de la zona de los Médanos de Venezuela, del Mar de Norte o de cualquier puerto de la región de Oriente Medio, incluida Irak en guerra. Podrían volar si quisieran por las máquinas tan sofisticados que los mueven. Es imposible que viertan una gota de crudo yendo como van a toda marcha, con la carga a rebosar en las bodegas.

En ese preciso momento, al salir del puerto de origen, es cuando entro yo en acción. Fijo su posición. Intuyo su rumbo: Éste vendrá a Rotterdam –me digo-. Pero en el camino, vira y vira. Intenta despistarme. Traerme loco. Nunca pierdo la latitud  ni la altitud de ninguno de los petroleros. Avanzan por los océanos, diletantes, dando vueltas sobre sí mismos, amagando rutas, escondiéndose en puertos desconocidos, varando en alta mar.

El juego es sencillo. A mi patrón lo he visto un par de veces. Pero cada minuto me envía las cotizaciones y quedan anotadas en una pantalla gigante al oeste de la nave. Los últimos meses, se han disparado los precios como nunca. Tomo como referencia esta tabla y ofrezco tantos dólares por la carga.

-Urogallo sólo vende a  seis cincuenta –me negocian-.

– Pues, gato negro solo compra a seis diez- respondo yo-.

Gato negro siempre gana. Una vez perdió, pero recuperó segundos después:

Fue una operación desafortunada. Estaba con fiebre y me dormí unos instantes. Se me adelantaron. Cuando me desperté era centésimas de segundo tarde. Se quedaron en el camino ciento cincuenta millones de dólares. Llamé al patrón. Se lo confesé. Me dijo, tú mismo. Hundí la compañía que había osado hacerme perder aquel dinero. Quebró y recuperé con creces los ciento cincuenta millones de dólares.

Sigue con la operación en curso. No quiere despistarse con los recuerdos del pasado. Ofrece seis siete, seis ocho, seis nueve. El seis diez le lo guarda para los peces gordos.

– Urogallo, cruzo a seis diez – alguien susurró por el micrófono que traía la voz, doce mil millas de Rótterdam en pleno Pacífico sur-. Es un pez gordo urogallo -seguían diciendo fuera de micrófono-. Compra otros millones de barriles de crudo en alta mar y al instante los vende unas millas más arriba.

La mañana que urogallo acaba de cerrar la operación a seis diez es tranquila. Cuando los petroleros llegan a puerto tras itinerarios indescifrables trasladan su carga a las gasolineras, a las centrales de reparto, a las empresas textiles, a las de plásticos, a las transformadoras de gas. La carga ha pasado por cientos de manos y en cada gota del petróleo está el adn de los precios sucesivos a los que ha sido vendido.

Comprando y vendiendo, urogallo no sabe si los otros operadores esparcidos por centenares de miles de naves por las zonas francas de las ciudades del mundo trabajan para su mismo patrón, para otros o lo hacen por libre. Tampoco le preocupa demasiado. Su madre le ha vuelto a llamar. Está más tranquila. Ha dejado de llover en Rótterdam.

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Tiempo

27 febrero 2011

Uno de los más brillantes ejecutivos que jamás he conocido fue promovido al board internacional de la multinacional de la alimentación a la que pertenecía, con sede en Suiza. A las 17,30 en punto de su primer día de trabajo, la señora de la limpieza entró sin llamar a su despacho:

-Ya puede marcharse que voy a limpiar –le dijo.

-Venga un poco más tarde, por favor, soy el nuevo director general

-Usted será el director general, pero yo tengo que limpiar su despacho y debe irse porque ya se acabó su tiempo de trabajo.

Minutos después insistió nuevamente la señora. Y así, los días sucesivos. Acostumbrado a finalizar su jornada laboral a altas horas de la noche, el neófito tuvo que adaptarse al nuevo escenario, si no quería provocar un incidente que pocos comprenderían. Las 17,30 h. iba a ser su rubicón diario.

A pesar de trabajar unas cuantas horas menos al día en la oficina, su ejecutoria en Suiza fue tan brillante como lo había sido al frente de la organización en su país. La señora de la limpieza le había ayudado a descubrir que reducir el tiempo de permanencia en el despacho no es sinónimo de trabajar menos.

Replanteando el sistema, el directivo produce igual o mejor, va más relajado y transmite mucha más seguridad a toda la organización; incluso más de uno descubrirá que en estas condiciones la vida familiar mejora sensiblemente.

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Entrevista al dictado

20 febrero 2011

El director le llamó al despacho:

-Ves a entrevistar al ministro- le pidió-

– Director, ¿te acuerdas de que le hice una entrevista hace dos semanas? – respondió el entrevistador del diario-.

– Ves. Le haces la entrevista al ministro y luego hablamos –le cortó el director levantándole la voz-.

– Hombre, si me confiesas que se trata de un disco dedicado, me aclaro de entrada. Tendrás tu entrevista mañana, director –le espetó, mientras se levantaba de la butaca, tomaba la puerta y la cerraba de un portazo-.

Solicitó unos documentos al archivo. Consultó una libreta repleta de anotaciones que guardaba en el cajón. Preparó un pequeño cuestionario. Como siempre. Tomó el teléfono y habló con el jefe de gabinete del ministro. Estaba esperando aquella llamada, le dijo el adjunto.

– ¿A las siete en el ministerio?

A las siete en punto de la tarde entraba el entrevistador por la puerta del ministerio. Le aguardaba el jefe de gabinete, el cual estuvo muy poco explícito, mientras le acompañaba hasta la puerta del despacho de su jefe. El ministro saludó con frialdad al periodista. Éste tomó asiento. Y le lanzó la primera pregunta.

El ministro le cortó:

– ¿Qué me preguntas?

– Bueno, pues una serie de temas que he preparado y que sin duda complementará lo que leyeron los lectores hace quinces días.

El ministro fulminó a su jefe de gabinete:

– ¿No le has entregado el cuestionario? Dáselo de una vez.

El jefe de gabinete estaba embarazoso. Le alargó al periodista una hoja de papel con una serie de preguntas.

– ¿Qué es esto, ministro? – chilló el periodista, arrojando la hoja al suelo-.

– ¿No te lo ha explicado tu director? –se adelantó el adjunto.

– Pues, no. No me ha comentado nada.

El periodista leyó el cuestionario de las preguntas preparadas. Le hizo la primera. Y la segunda. Y todas, en el mismo orden de la hoja. Grabó entera la entrevista. Tras la última cuestión y respuesta se levantó.

– Gracias, ministro. Ha sido un placer.

– Gracias –le respondió él, con la misma sequedad que al principio, sin mirarle a la cara.

Llegó a la redacción. No saludó a nadie. Se instaló ante la máquina de escribir. Arrancó el texto diciendo “hemos presentado una serie de preguntas al ministro fulanito de tal; éstas son sus respuestas”. Encendió la cassete. Y redactó al pie de la letra lo que allí se decía. Incluyó puntos y comas del cuestionario y las palabras monótonas del ministro. Al día siguiente por la mañana, el director le llamó al despacho. 

– He leído las galeradas de tu entrevista con el ministro. Me parece fuerte que digas que le hemos enviado un cuestionario, pero más todavía que no firmes la entrevista.

– No la firmaré –le respondió convincente-.

– No me gusta, pero no te pondré ningún impedimento ni por lo uno ni por lo otro. Te agradezco que hayas aceptado realizarla. Necesitaba que la hicieras tú y que dieras la cara.

Aquel mes, la nómina la pagaba una campaña de publicidad del ministerio y la entrevista a su jefe fue la moneda de cambio. Durante varios meses, el entrevistador no firmó ninguna pieza.

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Salarios millonarios

13 febrero 2011

Leía el otro día en un sesudo diario de la city una defensa a ultranza de Richard Grasso, antiguo presidente de la Bolsa de Nueva York. Grasso está siendo investigado por posible tráfico de influencias al frente de Wall Street: se le acusa de haber presionado al comité que presidía para que le fijara una compensación de unos 150 millones de dólares en el momento de abandonar el puesto; lo cesaron y cobró esa cantidad. El argumento que esgrime la defensa de Grasso se sustenta en que un actor, un deportista de elite, la gente del espectáculo perciben por su trabajo esas cantidades o más. Sin embargo, se queja el autor del artículo, los financieros siempre acaban bajo sospecha.

Los actores, los deportistas y la gente del espectáculo ofrecen un valor añadido inmediato y evidente, convertido en alegría, en representación, lo que provoca una admiración por parte de millones de personas. Sus actuaciones son seguidas y crean modelos. Todo ello justificaría que les paguen las cantidades que se manejan, a pesar de ser tanto o menos transparentes que las de los financieros o de los ejecutivos. Si un financiero o un ejecutivo solicita unos emolumentos determinados y se los conceden, no hay nada que objetar, tanto si pactan cantidades fijas como variables según los resultados de la gestión. Por eso, aceptamos el parangón con actores, deportistas de elite y gente del espectáculo. Si aportan valor, cada cual establezca su precio de mercado, trate de mantenerlo y aténgase a las consecuencias. Ganar millones de dólares no es malo en sí.

¿Los límites a los salarios? Tres:

  • El primero, los de cada mercado, que se recogen en cada legislación.
  • El segundo, los compromisos éticos, dentro de los cuales están los fiscales, sociales, etc. Por eso, tenemos reparos éticos cuando alguien hace juegos de malabares que le beneficien, perjudicando a los accionistas o a la hacienda. Cuando alguien opera mediante la falsificación, operaciones fraudulentas, maquinaciones, extorsiones, influencias y todo tipo de actuaciones opacas perjudicando a terceros. Cuando alguien maniobra con dinero ajeno o presionando voluntades, como es el caso de Richard Grasso, se enriquecen sin escrúpulo. Por demás, teniendo en cuenta que la mayoría de los mortales se mueven dentro del marco de los convenios, de la legislación sobre los salarios base, se exige a los multimillonarios un compromiso moral con el entorno de la gente que  se mueve con salarios magros.
  • El tercero, la exigencia de criterios de transparencia. Se gana tanto, se ingresa tanto y se paga lo que corresponde al fisco. No hay más circuitos.

Son,  en última instancia, los tribunales y la opinión pública los que deben decidir sobre este tipo de actuaciones.

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El chico de la furgoneta

6 febrero 2011

Vivía entre Logroño, Burgos, Valladolid, Zaragoza y Castellón. Cargaba la atropellada furgoneta de prendas de toda procedencia y las vendía a tiendas, tenderetes de mercado, revendedores varios. Calcetines, bragas, jerséis, camisas, pijamas, pantalones de pana, faldas, ligas, mantillas, saltos de cama, botones, agujas, hilos, lanas, zapatillas, zapatos,…..hasta cien referencias. Se conocía al dedillo los días nublados y los de nieve subiendo y bajando puertos en el más crudo invierno, el sol que reblandecía los cristales en la canícula, los recodos de la carretera, las traiciones del asfalto. Las pensiones donde se hospedaba. Los restaurantes de carretera, donde los camioneros le compraban sobre la marcha ropa para su familia. Las gasolineras y los talleres de reparación.

Una vez al mes iba a Barcelona. Se perfumaba. Compraba en los almacenes de Baja de San Pedro. Comía una paella en las Siete Puertas. Recorría el Paralelo. Asistía a una función de cabaret. Se daba una vuelta por el Barrio Chino. Saluda a su amiga, Clarita. Echaba un tute en un bar putrefacto de la plaza San Agustín con un viejo amigo, Eusebio, exiliado del 36 en París, que acabó regresando a Barcelona, para terminar sus días vendiendo en los mercadillos de Sardanyola, Ripollet y Santa Eulalia, a la intemperie y con el hatillo al hombro cada mañana a la seis desde el Arco del Triunfo. Juan Matías regresaba a su espacio vital, Logroño, Burgos, Valladolid, Zaragoza y Castellón, con el alma encogida y con el sabor a orujo mal quemado.

Los tiempos cambiaron. Juan Matías alquiló furgonetas y otros llevaban el género a los mismos puntos de siempre. Meses después, más género, a más puntos de toda España. Años más tarde, empezó a alquilar locales entre mil y dos mil metros cuadrados en las mayores ciudades del país. Los puso bajo la marca J & M. Dejó de proveerse en Baja de San Pedro de Barcelona. Redujo el negocio a veinte referencias de ropa juvenil de rabiosa actualidad y a quince de complementos. Contrató a diseñadores italianos y franceses. Los echó al poco tiempo, por improductivos, por megalómanos y por caros. Fichó a gallegos, y todo fue bien. Construyó fábricas. A ellas llegaban tejidos de todo el mundo. Trabajadores de todo el mundo. Del almacén automatizado salían diariamente prendas de diseño buenas, bonitas y baratas. O como decía la segunda campaña de publicidad:

“No busques bueno, bonito y barato. No existe nada así………. Las prendas J & M” son exclusivas. Sólo las visten las mejores modelos y tú. Porque tú las puedes pagar” -rezaba la publicidad en las vallas, en la radio, en la televisión-.

Decenas de fábricas. Centenares de tiendas. Miles de camiones propios y ajenos surcando las rutas europeas para acercar diariamente las prendas de las fábricas a los lineales, de los lineales a los bolsones relucientes y, en casa, de las bolsas al cuerpo de los clientes y al armario pasando por la lavadora. Miles de trabajadores y empleados, jefes de taller y directores de tienda. Y Juan Matías, el hombre que se hizo a sí mismo, el más premiado de todos, rodeado por unos pocos ejecutivos, en la cúpula.

¿Acaso este ejercicio de explicar tres historias de personajes de ficción y dos ensayos, uno  macro y otro micro, sea lo más cercano a la interpretación de la realidad, quiero decir, de la realidad económica? – seguía preguntándose el profesor, mientras preparaba las dos últimas intervenciones correspondientes a la quinta hora-.

QUINTA HORA

Down in the shadow of the penitentiary
Out by the gas fires of the refinery
I’m ten years burning down the road
Nowhere to run ain’t got nowhere to go”.
 

Bruce Springsteen, “Born in the U.S.A.”

El chico de la furgoneta

En la soledad de su despacho, quince terminales de ordenadores le acercan al detalle. De la última compra de la tienda más remota. Del último tejido descubierto en Tailandia. De las encuestas que descubren las exigencias de las teenagers y de las señoras talluditas, entre el ombligo y el muslo, las primeras, y entre michelín y michelín de la cintura, las segundas. Levanta la vista sobre el horizonte de la sierra. Recuerda sus periplos juveniles con la vieja furgoneta. Logroño, Burgos, Valladolid, Zaragoza y Castellón.

– Buenos años aquellos, buenos años, Juan –se dice, mientras uno de los consejeros independientes de la compañía le presenta el plan de inversiones para el próximo bienio, 400 millones de euros para nuevas aperturas; 1.600, para fábricas en Extremo Oriente; 400, para I+D,…..-.

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Astilleros S.A.

30 enero 2011

Los sindicatos dijeron basta. Sacaron los piquetes a la calle. Quemaron neumáticos. Cortaron calles y carreteras. Aparecieron en las cabeceras de todos los noticiarios de televisión y en las portadas de los diarios de mayor tirada.

Los nuevos accionistas no hicieron caso de las protestas. Incluso cuando un trabajador se quemó a lo bonzo, siguieron adelante con su plan. Trocearon la empresa. Tomaron los activos más valiosos, invirtieron en ellos, los pusieron en valor y a los pocos meses habían obtenido tales plusvalías vendiéndolos que les permitió superar los objetivos más optimistas. De este modo, pudieron acometer el cierre definitivo de todas las plantas. Alquilaron los servicios de los más renombrados catedráticos de derecho laboral y consiguieron pagar lo mínimo a cada trabajador después de una dura pelea con los sindicatos. Reducción de costes.

La parte de la empresa que salvaron, “la nueva”, la denominaron, empezó pequeña, muy pequeña. Con pocos trabajadores que seleccionaron jóvenes, ajenos al sector y todos en práctica. La dimensionaron. Tomó cuerpo. Vendieron la nueva. Se reservaron una parte pequeña, la que más posibilidades de futuro tenía. Realizaron nuevas plusvalías, extraordinarias plusvalías con la segunda venta.

Con la tercera fue todavía mejor. Cuando engordó, buscaron socios. Una vez dentro los nuevos accionistas, se enfrentaron a  ellos. Los llevaron a los tribunales. Anunciaron por sorpresa una ampliación de capital, que filtraron convenientemente a través de un periodista de confianza. Antes de realizarla, forzaron una operación acordeón. Pudieron expulsar a los socios disidentes y obtener nuevas plusvalías previas a la gran operación.

Después, se tomaron todo el tiempo del mundo para realizar la gran operación. Hoy participan en la privatización-nacionalización de los astilleros, negociando a cuatro bandas: con los sindicatos, con el gobierno, y con dos grupos privados. Se han puesto de acuerdo ya en los puntos siguientes: 1) se mantendrá como sea (con dinero público, claro) la capacidad de producción de los astilleros; 2) no tendrá porque reducirse la plantilla, aunque los sindicatos deben comprometerse con algunos esfuerzos; 3) las nuevas empresas privadas que acceden al capital entran libres de las cargas anteriores y dispondrán de los fondos financieros necesarios que aportará el instituto público; y 4) se firmará un pacto de recompra a cuatro años, según el cual el sector público se quedará con las acciones privadas, previo abono de unas indemnizaciones a las empresas que participan en la operación.

Para sacar adelante esta difícil operación se han asegurado un fee de varios dígitos, el doble de lo habitual, más los gastos, y una pequeña participación en el capital de la futura empresa de astilleros público-privados s.a. Porque se trata, dicen los promotores, de una operación muy arriesgada.

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Conductas de los consumidores

23 enero 2011

“No lo entiendo. Siendo como es tan bueno mi producto, los consumidores se han encaprichado con el de la competencia….”. Más de una vez me han confesado esta frase y supongo que no será la última.

Y no es porque el mercado sea caprichoso: es que es soberano. Los consumidores, segmentos y  nichos, actúan a partir de determinadas fuerzas. Estos vectores responden a impulsos propios del carácter personal o grupal, fruto de sus concepciones, de su situación, de sus estilos de vida; y a presiones que parten del exterior de los individuos, de los departamentos de marketing de las empresas, de la competencia, del propio mercado y de la sociedad en general. Es decir, se generan causas endógenas y causas exógenas que actúan como remolinos, presionando las conductas de consumo.

Por ello, cada empresa debe realizar puntualmente el análisis de la resultante de todas esas fuerzas que inciden en las conductas de los consumidores y actuar en consecuencia. De este modo, cubre sus estrategias con un gran paraguas; de lo contrario, da palos de ciego. Lo peor es que en numerosas oportunidades, la competencia se equivoca menos que nosotros.

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Colza

16 enero 2011

J.M.G. ha sido el mejor periodista de investigación de este país. Trabajó la crónica de tribunales, las historias de presos, la entrevista en profundidad con los hombres de las altas finanzas, de la política, o lo que fuera aquello, y la investigación de lo que entonces se podía husmear. Era un todo terreno del periodismo. Él y el malogrado Manolo Vázquez Montalbán han sido lo mejor de la generación que va desde Larra hasta el infinito.

Con ambos Lucas Infante tuvo su minuto de oro. Al segundo le sucedió en la docencia de una mala asignatura de historia del periodismo en una perdida universidad, para complementar el salario de periodista. Al primero lo pudo disfrutar más, unos años en la misma redacción de un diario semi-confesional pero laico, el mejor y más arriesgado de la transición española. Lucas era becario. J.M.G. ya era el mejor.

Lucas Infante firmaba casi todo con iniciales, L.I. Nadie confiaba en su valía y los redactores jefe le encargaban notas de la Cruz Roja, de la policía y sueltos que luego no aparecían. Hasta que un día el director que era de su pueblo, le pidió un encargo de nivel.

– Lucas, quiero que encomendarte un tema complicado. Sabes que han desaparecido toneladas de aceite de colza. Hay que seguirles el rastro.

– ¿Qué quiere que haga, director? –le dijo dispuesto Lucas Infante-.

Aquella reacción no le plugo al director pues demostraba más disponibilidad que imaginación. Pero el encargo se mantuvo en firme.

– Habla con J.M.G. Ya le he comentado el asunto. Él se pondrá al frente de la investigación.

Hablar de investigación en aquellas épocas era como hablar de nada. Lucas se presentó a J.M.G. Se estaba limpiando las gafas de concha.  No le preguntó “tú qué sabes hacer en la vida”, pero Lucas se vio obligado a explicarle que era becario y aspiraba a ser columnista de internacional. J.M.G. le cogió cariño a Lucas Infante, como cogía cariño a todos los jóvenes que llegaban  a aquella redacción y se querían comer el mundo.

– ¿Qué tenemos entre manos?- preguntó J.M.G?.

– Iré a archivo a buscar algo –le respondió Lucas.

– Me parece muy bien. Recopila todo lo que se ha escrito sobre el tema del aceite. Luego manejaremos los contactos. Después, el sentido común. Y finalmente, la deducción. Eso es el periodismo.

Firmaron un primer artículo J.M.G. y L.I. Lo titularon “La primera mancha”. En el microfilm del viejo periódico desaparecido que guarda la hemeroteca, en la fecha del día, abre la página 17 a seis columnas un texto bien trabado. Se dice que ha ocurrido una pérdida o sustracción de toneladas de aceite y se habla de la colza, de varias empresas, de los silos vacíos en el puerto de Barcelona, de cooperativas en zonas oleícolas…. Es un texto abierto, explicativo, indefinido, con preguntas en el aire.

Al día siguiente, en la misma página, firmado por JMG y L.I. se insiste en el tema. Se dan numerosos datos, fechas, kilos de aceite, rutas de camiones cisternas y se evidencia que algo grave ha ocurrido. El título, “Segunda mancha”. Al final del texto, se anuncia para el día siguiente, “La tercera Mancha”. Tras la tercera, del día siguiente, se anuncia la cuarta. Pero en las sucesivas jornadas, tal vez, por ser domingo y lunes, que entonces no había periódico ese día, no aparece la cuarta mancha. Ni martes, ni el miércoles, ni nunca. Llama la atención que la firma de J.M.G. tampoco se puede ver en los dos o tres siguientes meses.

Lucas Infante fue enviado a varios pueblos aceiteros. Habló con gerentes de cooperativas, con camioneros, con alcaldes. Regresó a Barcelona con datos y datos que aparecieron en la segunda y en la tercera mancha. J.M.G. recibió varias llamadas telefónicas de camioneros que le contaron, y verificó, quien evaporaba el aceite y las pistas del delito.

– Chico, cuando te presentaste por primero vez, me pareciste un tonto, amigo del director. Ahora quiero darte la bienvenida a esta profesión de perros y buena gente.

Lucas Infante estaba radiante con aquel espaldarazo del mejor. Redactaron aquella tarde “La cuarta mancha”. En el artículo se destapaba la trama del aceite de colza, con nombres, pelos y señales. “A muchos se les caerá el pelo”, escuchó Lucas que decía J.M.G. en un corrillo, añadiendo, “este chaval vale”.

Al día siguiente se levantó temprano, muy temprano. La verdad es que no podía dormir. Bajó al quiosco a comprar el diario. Se veía en primera página. Ni en la primera, ni en la 17, ni en la 18, ni en ninguna. No había rastro de la cuarta mancha. Bajó a la redacción del diario. El director no vendría ese día y el subdirector se encogió de hombros al ser preguntado sobre el tema del aceite de colza. Al mediodía, a su hora habitual, J.M.G. le llamó:

– Lucas, son unos cagaos. No se han atrevido. Trabajamos en un diario de meapilas.

Y una vez dichas estas palabras, J.M.G. informó a la dirección que él no firmaría ningún artículo hasta nueva vista.

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Deslocalizaciones

9 enero 2011

Lo peor de los vocablos mal construidos, por falta de otros más brillantes que expliciten mejor lo que se pretende, es que acaban usándose universalmente y se consolidan. Son ese tipo de palabrejas que alguien mal tradujo del inglés y con afijos o sufijos propios circulan por la jungla comunicativa como mercancía diaria.

Uno de ellos es la palabra deslocalización. Está de moda y algunos presentadores de telediario todavía se atragantan al mencionarla. Si localizar es ubicar, instalar, levantar, deslocalizar será sacar a otro sitio, separar, quitar de un lugar para instalar en otro. Aplicado a las empresas, consiste en cerrar una empresa en un lugar determinado para llevarla a otro cuyas condiciones (algunas) resultan más baratas.

Llegan a un país tras descubrir que las condiciones de instalación son óptimas: abundante mano de obra; proveedores a buen precio; grandes mercados cercanos; subvenciones directas y apoyos de todo tipo por parte de los gobiernos locales, regionales y nacionales que buscan inversiones y empresas a cualquier precio. Producen y venden, obteniendo como consecuencia buenos dividendos año tras año. Un buen día,  se enteran de que en otro lugar del mundo existen mejores condiciones donde instalarse.

En realidad, atraer capitales y empresas ha sido siempre sinónimo de puestos de trabajo y de creación de riqueza para un territorio Ni cortas ni perezosas, las empresas ahuecan el ala y se van con los bártulos. El primer y grave problema que se genera es el de los trabajadores que se quedan sin empleo. El segundo, el de la población donde está ubicada la empresa: al cerrar las puertas, la zona se depauperiza. Y el tercero, el más complejo, la falta de normativa específica que obligue a la empresa emigrante a saldar sus cuentas con quienes le otorgaron en su momento dinero público; es decir, dinero de todos.

Hasta ahora los gobiernos callan y esconden la cabeza bajo el ala, obviando que en su momento atraer la inversión costó mucho dinero al erario público. Y callan los gobiernos, tanto de derechas como de izquierdas, porque uno de los pilares de la libertad de empresa es la movilidad del capital. Hasta aquí, todos de acuerdo. Pero además de este derecho inalienable del empresario, a estas alturas de la era post- industrial y tecnológica, falta consolidar otro pilar: el de fijar en las leyes las obligaciones que tiene el capital en el momento de abandonar.

Hablamos del protocolo de salida: no sólo no existe, sino que los gobiernos tropiezan al pensar en él. Por eso, falta implementar los siguientes aspectos: 1) establecer claramente los criterios en el momento de la llegada de la multinacional; es decir, valorar el saldo de las aportaciones financieras, las exenciones fiscales y demás subvenciones directas e indirectas que aportan las instituciones públicas; 2) definir el saldo laboral, de manera que entre las condiciones se incluya la formación de los trabajadores, para que una vez se marche la empresa a otro lugar éstos puedan seguir ganándose la vida; 3) definir el saldo de lo que cuesta irse, cantidad que habrá que cumplimentar si la multinacional decide irse; y estipular la forma y el tiempo de abono.

A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

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