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Fundación

10 abril 2011

Entre los patronos figuraría el presidente del país, el magnate de los petroleros y el decano de los escritores de best-sellers. El resto de miembros ya se consensuarían posteriormente.

Cuando todavía estaba caliente el cadáver del marido, Reina Ungría de Broto reunió a la legión de abogados y asesores de su esposo:

– Creo, señora Broto, que la mejor manera de mantener el patrimonio familiar alejado de los fisgones es constituir una fundación -le adelantó al cabo de un rato de reunión el más sensato de todos los presentes-. Usted deberá dirigirla, si desea que en el futuro  se venere la figura de su difunto esposo.

– Lo pensaré –replicó la señora, maquillada de color pálido para la ocasión del entierro-.

No se lo pensó dos veces. Yendo al cementerio, Reina Ungría de Broto habló con el presidente del gobierno y le invitó a formar parte de la fundación:

– Cuente con ello, señora Broto –le tranquilizó-. Su esposo fue siempre un gran amigo mío y me apoyó en todo momento.

– Gracias, presidente, no sabe como me reconforta su apoyo en estos momentos.

Se agarró al brazo del magnate de los petroleros, primero y luego hizo lo propio con el decano de los escritores de best-sellers. Ambos transmitieron a Reina Ungría de Broto el honor de participar en ese empeño. No permitió que formara parte del patronato ningún miembro de la familia de su difunto esposo. Ni las dos ex- esposas. Ni los cuatro hijos habidos de los dos matrimonios anteriores. Ni quienes habían criticado su boda por la diferencia de edad respecto a su marido. Ni los que no la adulaban constantemente.

Maniobró el legado a su favor. Movió los fondos  como le plugo. Los que no permanecieron en la fundación acabaron en paraísos fiscales evadiendo los fuertes controles existentes. Aunque fue criticada por casi todos, nadie pudo seguir el rastro del dinero. Sus abogados eran los más caros.

Pugnó por la presidencia de la Asociación Mundial de Fundaciones. Formó un frente común con un médico chino que pretendía blanquear sus negocios farmacéuticos. Con un ex -alto cargo gubernamental de un país bananero que aprovechando sus años en la administración recibía  fondos públicos que derivaba a actividades lucrativas. Con un maltratador convicto, que se enriquecía en las tertulias televisivas. Con el ex- presidente de un club deportivo que fue echado por corrupto. Y con gente de esta ralea.

Reina Ungría de Broto no alcanzó la presidencia de la Asociación Mundial de Fundaciones. A pesar de organizar una campaña de insultos. A pesar de llevar a la otra candidatura a los tribunales con insidias, insultos y mentiras urdidas por gabinetes de comunicación y lobbys secretos.

Tras aquel episodio, la ONU  solicitó a todos los países que modificaran su legislación para impedir que accedieran a constituir fundaciones personajes como Reina Ungría de Broto.

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En los castillos romanos

3 abril 2011

Cuando me hicieron el encargo, estuve a punto de declinar. Nunca me he echado atrás, pero no deseaba asumir el compromiso porque mi cliente era bicéfalo,  tricéfalo o incluso todo a la vez. A veces, una cosa, a veces, otra o la contraria. Y lo peor es que últimamente la empresa era reinos de taifa, nacionales, por áreas de negocio o incluso, por departamentos. Ahora bien, tan pronto acepté el encargo, supe que el encuentro se llevaría a cabo en los castillos romanos, en la zona de Frascali, a escasos kilómetros de Roma, en una zona encantadora, relajada.  Allí me llevaba los cometidos imposibles. El paraje siempre resultó determinante de la tarea encomendada.

Elegí Villa Vechia. Reservé las diez habitaciones  del altillo superior del viejo palacio del XVI, reconvertido en hotel de encanto, en plena campiña. Las viñas, el Observatorio con cuatro mesas celestiales de Kirker, del 1616, el paisaje verde intenso en aquel otoño lluvioso no sé si iban a significar atractivos para el relax después de las reuniones y charlas, pero el ambiente, la historia de cardenales y papas, sus salitas recoletas, el comedor instalado en las antiguas caballerizas y las terrazas eran el marco adecuado para lo imposible.

Pernoctaríamos en Villa Vechia. Nos relajaríamos allí. Pero las reuniones las realizaríamos en Villa Mondragone, un palacio mucho mayor, a un kilómetro escaso de Villa Vechia, donde el Papa Gregorio XIII Bocompagni proclamó el Calendario Gregoriano en 1613. Había pedido aquella sala histórica y la  utilicé.

El problema a abordar era gordo. Los miembros del consejo mundial no se entendían entre sí. Eran ocho y cada uno tiraba por su cuenta y quería salvar la compañía a su manera. El primer día lo programé entero en Villa Vechia. Los había reunido de dos en dos, cambiando de pareja cada media hora y yo saltando de grupo en grupo explorando los lugares más bellos del palacio. Utilicé intensamente la habitación sobrante del altillo congregándolos en ella cada poco para jugar a juegos chinos que relajan del todo. Perdí el tiempo. La tarde y el día siguiente fueron peor que el primer día. No conseguimos ponernos de acuerdo en ninguno de los cinco puntos siguientes: 1) los dos principales objetivos estratégicos de la compañía para el quinquenio; 2) el futuro del negocio en Estados Unidos, vender o fusionar un par de compañías; 3) desembarcar en China mediante una estrategia depurada y consensuada desde hace meses; 4) definir la segunda línea ejecutiva de mando justo debajo de los ocho, estrecha o alargada; y 5) tomar una decisión sobre dos proyectos de remozamiento de la marca que habían sido seleccionados tiempo ha tras un concurso al que se presentaron los mejores diseñadores europeos. Eran temas importantes los cinco puntos, pero ese no era el problema. La dificultad radicaba en que los ocho no querían entenderse. Habían paralizado la toma de decisiones. Habían paralizado la empresa. El origen de la parálisis no era concreto. Era la suma de muchos malos entendidos, malicias, personalismos, flaquezas humanas. Si hubiera habido un jefe por encima de ellos, la cuestión se habría resuelto en diez minutos. Pero ellos eran los jefes y sus equipos, activos  militantes de las escaramuzas.

Estaba desolada. Intenté varios juegos de rol adaptados a la edad promedio de los ocho. Dejó de llover y salimos por la tarde a dar una vuelta por el campo.  Se apelotonaron en torno a mi solo para evitarse entre ellos.

Quedaba el tercer día. Hice preparar el almuerzo en Villa Mondragone. Inmediatamente después los congregué en la sala donde se proclamó el Calendario Gregoriano. Les  dije que acababa de recibir una información de mi oficina de Milán. Un grupo financiero estaba comprando paquetes de acciones de su compañía. El primer movimiento fue abalanzarse sobre sus móviles, pero entre las reglas fijadas estaba prohibido el uso de estos artilugios parlantes en las reuniones y los habíamos dejado en el hotel.  El segundo movimiento fue pedir uno estable: en Villa Mondragone no había teléfono estable disponible. Y el tercero fue correr hacia la puerta de la villa: por seguridad había hecho bloquear la entrada y hasta dentro de dos horas no regresaría a abrirla el bedel.

No había nada que hacer. La amenaza pendía sobre sus cabezas. Estaban completamente aislados. Había dos horas de tiempo para todo y para nada. Entonces, sólo entonces, amenazados por un enemigo exterior, aislados y sin nada que hacer, fueron capaces de entenderse y consensuar los cinco puntos básicos, labor para la que me habían contratado.

Regresamos a Villa Vechia. En cada móvil leyeron un mensaje mío. “Ningún tiburón atenta contra tu empresa. Tú, solamente tú, podrías ser tu propio tiburón”.

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Agricultor y libro

27 marzo 2011

“Muy distinguido y admirado señor:

El que suscribe es agricultor, que, en el campo y durante las labores propias, a través de un pequeño transistor, son muchas las tardes que sigo, con atención, su interesante programa. Me ha sido imposible comunicarme con usted, pues desde el campo no dispongo de teléfono. Permítame, pues, que por medio de estas letras, le felicite muy cordialmente y si pueden serle un estímulo que lo sean.

El viernes pasado, día de mi santo patrón y fiesta del libro, usted obsequió a varias personas, que le llamaron por teléfono, con su libro “La Jungla Comunicativa”. Supongo que debe ser interesante y me gustaría tenerlo. Si le queda algún ejemplar me haría mucha ilusión que se tomara la molestia de enviármelo. Disfruto leyendo y especialmente temas económicos de los que usted es un buen maestro. Si puede ser, bien; si no, ¡alabado sea Dios!.

Le adjunto un sello de correos para los gastos ocasionados por el envío y muchas gracias.

Le saluda muy atentamente su admirador i s.s. q.e.s.m.

Firma Jordi P.P.

(La carta está fechada en San Boi de Llobregat el 25 abril de 1993 y enmarcada en el despacho del receptor de la misiva).

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La palabra

20 marzo 2011

Frente a la palabra, los subterfugios, el doble sentido, los diálogos a medias, las mentiras, las injurias, los gritos, las operaciones mediáticas, el silencio. La frontera resulta difícil de deslindar, pero entre la primera y el resto existe un abismo.

-Entre “caballeros”, la palabra siempre ha sido definitiva.

– ¿Por qué lo digo en pasado y en masculino?, me pregunto-. Porque me da miedo pronunciar la frase en presente, “la palabra siempre es definitiva” y porque la caballerosidad debería ser neutra en español.

Enciendo la televisión y sigo los medios de comunicación en general. Me proyectan la devaluación de la palabra del showbiz, del deporte, de los primeros. Pero también de la economía, de la política, de la sociedad, de la investigación… Muchos hablan y amagan o amagan hablando; quedan en eso y querían decir aquello, te dan un precio y “lo siento, pero las condiciones del mercado han variado”.

Todo es relativo en este entorno cambiante, en el que hasta el concepto “guerra” pretenden muchos que tenga varias acepciones. Todo resulta relativo, menos la ética ante las cosas; todo, menos el mantenimiento de una conducta constante. Esta línea de actuación conduce a la credibilidad de la persona, de la empresa. La palabra no es más que la piedra maestra de todo este edificio.

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Por Sevilla corre un rumor

13 marzo 2011

¿Qué aporto yo en este campo de la economía?- se preguntaba el periodista al final de esta tanda de la quinta hora-. ¿Cuál es mi papel real? El resto de mis compañeros de mesa pueden estar satisfechos de sus roles bien definidos y sin embargo muchas veces me pregunto cuál es el que yo desempeño. El periodismo es una parte indispensable de la sociedad y del mercado. Sin la transparencia, no funciona nada. Sin el debate, tampoco. Pero, ¿qué transparencia, qué debate  aporto? No lo sé. Selecciono temas, introduzco ideas, muestro experiencias. Es evidente que si no resultaran interesantes para el público, mi empresa no me aguantaría ni un minuto más en antena; pero no es menos cierto que si tengo audiencia pero no llega la publicidad, tampoco me contratarían ¿Dónde está el punto de equilibrio entre una función y otra? Olvidaba un detalle trascendental, desde que adquirí la madurez profesional, he sintonizado con los empresarios que me han contratado: sostengo ideas más o menos afines a ellos. ¿Significaría esto que escribo o hablo siempre al dictado de alguien? Algo así como que en esencia no haces más que vender tu conocimiento, tu imagen y tu instinto de supervivencia a tu empresario, a los anunciantes y a las audiencias a partes proporcionales. ¿Digna profesión la mía?

Por Sevilla corre un rumor

Por Sevilla corre un rumor. Los taxis van a ser pintados de color rojo. Los taxistas béticos, airados, se manifiestan esta mañana de viernes azahar por las calles en señal de protesta. Los sevillistas, más airados todavía, lo hacen en la otra punta de la ciudad,

Al extranjero que acaba de bajar del tren en la estación de Santa Justa se lo cuentan. Asiente, bien, bien, como si no fuera con él y sonríe por debajo de la nariz. Él sabe que el rumor es completamente falso, pero los taxistas béticos y los sevillistas esta mañana de viernes azahar se manifiestan durante todo el día contra la medida. La limousine que le recoge en la estación de Santa Justa acelera y se encamina rauda hacia el ayuntamiento. Hoy es la fecha límite para renovar las licencias de taxis, pero los taxistas están de manifestación. Un minuto antes del cierre de las ventanillas de las licencias, él las retira todas. El mismo coche que le recogió en la estación de Santa Justa le devuelve al lugar de origen. Toma el ave de regreso.

Dos años después de haberse propagado aquel rumor que el extranjero sabía que no era cierto, los taxis de la ciudad siguen con la franja verde de siempre. Los sevillanos hace tiempo que se han olvidado del incidente.

El extranjero, propietario de toda la flota de taxis de la ciudad, los conduce todos de día. Al atardecer, reparte lo ganado entre los pobres. A partir de las dos de la madrugada, sube por la muralla hasta cerca de la Giralda, tuerce hacia la plaza de Doña Elvira y abre el portón del Montepío de Taxistas. En el casino están los jugadores profesionales, los pobres taxistas que hace dos años se quedaron sin trabajo por no haber llegado a tiempo de renovar las licencias.

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Barcos petroleros

6 marzo 2011

Trabajo en la nave de un polígono industrial en la zona franca de Rotterdam. Me ha llamado mi madre para decirme que en la ciudad llueve constantemente. Yo aquí no lo noto. Ni frío, ni calor, ni lluvia. Duermo en un camastro encima de un colchón sin sabanas. Más que dormir, me tumbo a ratos pues no tengo tiempos que perder. Un día a la semana salgo a hacer la compra, lleno la nevera y estiro las piernas por el viejo puerto, que me hace soñar en viajes en cargueros maravillosos. Llevo aquí varios años y es el mejor trabajo de mi vida. Vivo solo y soy feliz

La nave es un loft de mil metros. La sala de mandos la ocupa casi al completo; apenas treinta metros han sido reservados para la habitación, el baño, la cocina, una salita de estar y una terracita para los bidones vacíos, las bombonas de butano, los trastos, cuya puerta nunca he abierto. 

– Atiendo a treinta pantallas de ordenador. Un GPS y un satélite me conectan con todos los barcos de la flota petrolífera mundial. Hay que tenerlos constantemente ubicados naveguen por donde naveguen, estén varados donde estén varados, tengan o no tengan algún accidente, lancen señales sos o salten por los aires. La pérdida de contacto, aunque sea por una milésima de segundo, reporta pérdidas de millones de dólares a mi compañía; lo contrario es lo contrario.

Los cargueros de doble o triple casco inician su recorrido en los pipelines de Siberia, de la zona de los Médanos de Venezuela, del Mar de Norte o de cualquier puerto de la región de Oriente Medio, incluida Irak en guerra. Podrían volar si quisieran por las máquinas tan sofisticados que los mueven. Es imposible que viertan una gota de crudo yendo como van a toda marcha, con la carga a rebosar en las bodegas.

En ese preciso momento, al salir del puerto de origen, es cuando entro yo en acción. Fijo su posición. Intuyo su rumbo: Éste vendrá a Rotterdam –me digo-. Pero en el camino, vira y vira. Intenta despistarme. Traerme loco. Nunca pierdo la latitud  ni la altitud de ninguno de los petroleros. Avanzan por los océanos, diletantes, dando vueltas sobre sí mismos, amagando rutas, escondiéndose en puertos desconocidos, varando en alta mar.

El juego es sencillo. A mi patrón lo he visto un par de veces. Pero cada minuto me envía las cotizaciones y quedan anotadas en una pantalla gigante al oeste de la nave. Los últimos meses, se han disparado los precios como nunca. Tomo como referencia esta tabla y ofrezco tantos dólares por la carga.

-Urogallo sólo vende a  seis cincuenta –me negocian-.

– Pues, gato negro solo compra a seis diez- respondo yo-.

Gato negro siempre gana. Una vez perdió, pero recuperó segundos después:

Fue una operación desafortunada. Estaba con fiebre y me dormí unos instantes. Se me adelantaron. Cuando me desperté era centésimas de segundo tarde. Se quedaron en el camino ciento cincuenta millones de dólares. Llamé al patrón. Se lo confesé. Me dijo, tú mismo. Hundí la compañía que había osado hacerme perder aquel dinero. Quebró y recuperé con creces los ciento cincuenta millones de dólares.

Sigue con la operación en curso. No quiere despistarse con los recuerdos del pasado. Ofrece seis siete, seis ocho, seis nueve. El seis diez le lo guarda para los peces gordos.

– Urogallo, cruzo a seis diez – alguien susurró por el micrófono que traía la voz, doce mil millas de Rótterdam en pleno Pacífico sur-. Es un pez gordo urogallo -seguían diciendo fuera de micrófono-. Compra otros millones de barriles de crudo en alta mar y al instante los vende unas millas más arriba.

La mañana que urogallo acaba de cerrar la operación a seis diez es tranquila. Cuando los petroleros llegan a puerto tras itinerarios indescifrables trasladan su carga a las gasolineras, a las centrales de reparto, a las empresas textiles, a las de plásticos, a las transformadoras de gas. La carga ha pasado por cientos de manos y en cada gota del petróleo está el adn de los precios sucesivos a los que ha sido vendido.

Comprando y vendiendo, urogallo no sabe si los otros operadores esparcidos por centenares de miles de naves por las zonas francas de las ciudades del mundo trabajan para su mismo patrón, para otros o lo hacen por libre. Tampoco le preocupa demasiado. Su madre le ha vuelto a llamar. Está más tranquila. Ha dejado de llover en Rótterdam.